body craves to be touched (II)
Tus ojos sobre mí pesaban como un yunque, y sin poder evitarlo el nerviosismo se apoderó de mí, parecía que tus pupilas echaban fuego y algún obscuro pensamiento habitó tu mente. Como una completa tonta me eché a reír y no pude sostener la vista ni un segundo más en tus ojos negros. “¿Tienes hambre?” -pregunté-, fijando mis ojos en la alfombra y la punta de mis tacones, pero no contestaste, es más; hasta podría apostar que no parpadeabas, tus facciones se endurecieron de tal forma que por un segundo pensé que no eras tú quien estaba parado frente a mí.
Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la cocina tratando de ocultar con mis palabras el estado tan extraño en que me situó verte así (sólo llevábamos un par de meses viviendo juntos y esto era algo nuevo para mí). “Ordené sushi, espero se te antoje porque yo sola no puedo comer ni la mitad”-lo dije sin tartamudear concentrada en que cada palabra que proseguía a la anterior guardara la mínima coherencia-.
Cuando noté que no contestabas volví la mirada y encontré el pasillo vacío, sólo tu ropa tirada frente a la puerta era testigo de que habías llegado ya. No sabes lo inquieta que estaba… de repente, me sentí la presa de un cazador al que voluntariamente le habría entregado el rifle. “Corazón, no es gracioso, dónde estás?, ¿qué no quieres cenar?”.
Salí del hogar de la estufa, las ollas, los sartenes, los manteles y el refrigerador para entrar de nuevo al pasillo detrás del sillón rojo, ahí, dónde tantas veces habíamos terminado haciendo el amor a mitad de las películas que corríamos a rentar al Blockbuster cada domingo. Recuerdo especialmente aquella vez que tuvimos que repetir 3 veces el final de “Luna Amarga” porque no había poder humano que nos hiciera terminar de verla sin -interrupciones-. Lejos estaba yo en esos pensamientos, cuando apareciste súbitamente a mis espaldas, sentí tu presencia detrás de mí, pero no pude (o no quise) voltear.
Abrazaste mi cintura y comenzaste a besar mi hombro derecho hasta llegar a mi cuello -que a pesar del furor convencional a mí no me causa nada en extremo especial comparado al resto del cuerpo-. Yo quería decir algo, ¿qué?, no sé, algo que disipara mis nervios, fue entonces que tu dedo índice rozó mis labios y escuché un “Shhhh” que me dejó impávida y como un maniquí, inerte y a la expectativa de cada uno de tus movimientos.
Olías mi cabello, acariciabas mis caderas y subías esa falda negra en noche de estreno, poco a poquito, lenta pero confiadamente, hasta que tus hábiles manos encontraron el cierre y casi tronaron el botón. En ese momento, mi mente ya estaba en blanco, supe desde el comienzo que no iba a poder zafarme de tus brazos esa noche. Y no es que quisiera hacerlo, sólo que el ambiente que se respiraba era tan distinto que aunque me cueste admitirlo, sentía miedo.
Con los ojos cerrados estiré los brazos hacia mi espalda, hacia ti; quería tocarte, acariciar tu torso y arrancarte la camisa a trozos, pero me di cuenta de que brillaba por su ausencia. En esos minutos de escape mientras caminé a la cocina, te desnudaste por completo y mis dedos ahora tocaban en vez de tela mojada, tu cálida piel y algunos enredosos vellos. Después de acariciar mis mejillas me tomaste por los hombros y sutilmente me diste la vuelta hasta quedar frente a ti.
La falda negra cayó, me abrazaste por completo y tus labios me tocaban con arrebato tal, que sabías que no tendrías que hacer mayores esfuerzos, parecía que te había entregado un certificado de propiedad y sólo dispusieras de aquello que tenía en la piel tu nombre escrito. Iba a botar los zapatos, esos tacones altos que te gustaban tanto, pero por fin abriste la boca para decir algo, con una voz tan enérgica que difícilmente me pude haber negado: “No, déjalos dónde están, quiero verte tal cuál, como si aún me estuvieras esperando”.
to be continued…
Publicado el • May 26th, 2006 • Categoría: writer in me





