Escrito el 17 de jul de 2009

Body craves to be touched (III)

Pic by lokha

Después de 3 años y dos meses, me hice el ánimo de terminar la trilogía de “Body craves to be touched”, casi desde un mes después de la publicación de las dos primeras partes, dejé un borrador del desenlace que dista muchísimo de la versión final que van a leer, pero creo que estoy más satisfecha con las nuevas ideas, y aunque estoy segura que en unos días voy a odiar haber escrito esto y lo encontraré apestoso y malísimo, no puedo dejar pasar la oportunidad de publicarlo por aquí.

Llevo tres días enteros pensando casi ininterrumpidamente en esta historia y aunque no he terminado las crónicas europeas, este blog -usualmente- publica puras cosas que en el momento me provoquen inspiración. Obviaremos la parte de dejar claro que está mal redactado, el estilo y ritmo son quizás de dos varos, pero ni pex, es lo que hay, tampoco soy escritora ni pretendo serlo (btw comments con tacto al ego, are very welcome).

Antes de leer piquenle play a la rolita que está aquí abajo, igual y se tarda un poco en cargar pero la historia gira en buena parte en torno a ella y la concebí como el soundtrack de la película, así tengan que repetirla -con todo y que dura más de 13 minutos-, van junto con pegado y si no la pueden escuchar simultáneamente, el texto carecería de una vital alimentación. Aprovecho para agradecerle al Duende pasarme el tip de la música que van a escuchar, es de un proyecto alterno del mastermind behind Neurosis llamado Harvestman y su más reciente disco “In a Dark Tongue”.

Les dejo los links de las dos primeras partes de “Body craves to be touched” pa que se refresquen la memoria y la historia tenga hilación: 1 y 2. Tschüß!

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…corría el mes de Marzo y tenía por lo menos dos meses que no estábamos “juntos”, a la rutina agotadora inherente de la vida adulta se le sumaron aquella Convención del trabajo a la que partiste por 3 semanas y las vacaciones que yo programé desde el año pasado de las cuales había vuelto justamente el fin de semana. Una prolongada ausencia del uno al otro, pero que sabías bien: yo necesitaba.

Repetiste durante días enteros las ganas que tenías de abandonar la aburrida convención por uno o dos días, así podríamos vernos aunque fuera un poco antes del viaje.  Aún no compartíamos departamento cuando comencé la planeación y aunque te costó un poco, entendiste que esta vez tenía que irme sola, decías bien: lo necesitaba.

Desde que nos mudamos al piso donde ahora mismo estamos, había ocasiones en que despertabas de madrugada al notar que mi lado de la cama estaba vacío y después de algunos pasos me encontrabas en la sala escuchando esos discos de vibras raras con las ventanas muy abiertas y las luces apagadas. Al día siguiente recibía sin falta algún correo tuyo preguntándome si todo estaba bien, diciendo que no sabías ahora qué estaba mal: “extraño los días en que tu mirada en vez de turbia me resultaba clara”.

Después de una o dos semanas todo volvía a lo que tú llamabas normalidad, llevábamos una vida tranquila sin agobiarnos más que por tener los pagos al corriente. En nuestro poco tiempo libre acostumbrábamos salir a caminar, a los bares cercanos a tomar algunas copas, cenábamos con los amigos o tomábamos viajes cortos de fin de semana. Pero sin falta, eventualmente esos períodos en los que te resultaba tan ininteligible y ajena… regresaban.

En estas condiciones, con todo y que te parecía de locos la idea de volar al norte en pleno invierno, culminó todo. Una cabaña al sureste de Trøndheim durante cuatro semanas era más inusual de lo que pudieras haber imaginado aún conociéndome como creías hacerlo, le temías a la idea tanto o más que a los cambios que intuías en mí. Por el único correo que te envié, supiste que en todo ese tiempo pasaron muchas cosas por mi cabeza… imágenes que omití compartir.

Pero ahora a través de mil comentarios, agradecías sonadamente que todo eso había quedado atrás y que los dos estábamos “juntos” y de vuelta en la ciudad.

En esos pensamientos estaba mientras tu imperativa voz expelía la última oración, aquella que me ordenaba dejarme puesto aquello que te gustaba. Los zapatos en los que me parecía más a quien creías que era, la imagen de mí en la que no era la chica rara con quien vives, una en la que no me sentías ni ajena, ni turbia, ni nada.

Entré a un estado de hipnosis donde podía escuchar muy agitada tu respiración y recordé porqué me había vestido aquél día así, pero sobre todo porqué temblaba al esperar tu llegada. Sentía tus manos apresuradas tocando la piel de mis muslos y caderas cuando comenzó a sonar en mi cabeza una pieza de música de las que acostumbraba escuchar en esas madrugadas, me presionabas hacia ti como si me fuera a escapar, aunque poco sabías que el rol de cazador que desde que nos conocimos ostentabas, no era más que otra de tus tantas fantasías.

El miedo que había sentido tan sólo unos minutos atrás se disipó por completo, dejé de besarte y me alejé súbitamente de tu cuerpo. Encendí el estéreo mientras me mirabas con un claro tono de reproche, escogí la canción que se había repetido durante  el día y apagué todas las luces con excepción de la que provenía de la ventana en el extremo del comedor ,”qué raro”, pensabas.

La cascada de distorsión rápidamente inundó cada rincón de mi cuerpo y del departamento, y como para mantener tu atención empecé a contorsionar mis caderas muy lenta pero simultáneamente a los ritmos psicodélicos que provenían del equipo de sonido. Te observé dirigirte al sillón y tomar un lugar cómodo de espectador, no sin antes deshacerte de los cojines que había acomodado antes con tanto desacierto.

De mi cuerpo ya no pendía nada más que el cabello y aunque estaba a más de dos metros de ti, sentía como tus ojos se clavaban en cada uno de mis movimientos como queriendo poseerlos, frenarlos de golpe y culminar todo ese circo tumbándonos en el piso para tener sexo. Pero algo te lo prohibió, me observabas impávido mientras mis brazos bailaban al son del resto de mi cuerpo que cada vez estaba más cerca de ti y de aquel pensamiento que pasó por tu mente en el que te resultaba extraño que aunque llevaba minutos sin tocar el estéreo, el volumen de la música iba creciendo.

Giré abruptamente y cuando estuve justo enfrente de ti, abrí las piernas para hincar las rodillas en el sillón quedando tu cuerpo enmedio. Esbozaste una torcida sonrisa que mis dedos alcanzaron a tocar mientras te acariciaba la cara y el cuello, te besé de nuevo de una manera casi violenta hasta separarme con una mordida para seguirme moviendo al ritmo de la música, mi cabeza y largo cabello se movían frenéticamente en trayectorias circulares cuando te escuché preguntar: “¿estás drogada de nuevo?”.

Conocía a la perfección la música que escuchaba, desde que conseguí ese disco el track 4 me había provocado fascinación, así que el momento me parecía sin más, el correcto. Bajé mis caderas hasta sentirte por completo dentro y respondí decidida a la pregunta con una voz rasposa que no detuvo el trance en el que estaba: “by wind and sun… by wind and sun”.

Cerraste los ojos y abriste la boca para llenar los pulmones de aliento mientras arqueabas levemente la espalda y tus manos apretaban con fuerza el lugar de mi cuerpo donde usualmente reposan las bragas. Gracias a saberme la pieza de memoria, noté que los sonidos que saturaban el ambiente estaban próximos a llegar al climax, y me tuve que obligar a tener presente el porqué de la puesta en escena de nuevo.

Alcancé a jalar mi bolso de la mesita pulcra de la sala moviendo mi cuerpo en un lento y repetitivo sentido vertical que me permitía ver correr el sudor por tu rostro, me transmitías una profunda paz -te envidiaba-, pude haber pasado horas solo mirándote, estando tus ojos en ciego silencio.

Introduje los dedos que habían acariciado tu torso y enredosos vellos hacia el interior del bolso que contenía un pesado objeto y lo así para sustraerlo. Te abracé sin interrumpir el vaivén en el que estábamos envueltos, cada vez te tomaba con más fuerza y aún con los ojos cerrados sonreías con la aparente convicción de que después de tanto tiempo estábamos ahí, unidos de nuevo… por fin.

Aunque me tomó unos segundos reconocerlo, supe que estaba en la hora adecuada, esa que había esperado tanto, la música no estaba a más de dos minutos de terminar y decidí despedirme de ti con un último beso. Sentí que la eternidad entera fluía en nuestra saliva y provocaba dentro de mí una perturbadora combinación de placer y dolor, algo que jamás había sentido hasta ese momento. Con un halo de fortaleza me obligué a dejar de abrazarte, mientras mis manos se separaban para dejar en poder de una sola el símbolo que sellaría por completo el final de nuestra historia. Aquélla que estoy segura quisieras olvidar ó enfermizamente pretender que sigue existiendo.

¿Sabes? siempre fui diestra, aunque en ciertas etapas de mi vida -esas de las que nunca te quise hablar- notaba una singular inclinación por realizar las tareas más inesperadas con la mano izquierda. Como el día que de la nada y para mutua sorpresa, zurda y torpemente comencé a pintar. El último cuadro lo pinté el día que imaginé entero lo que estaba sucediendo en nuestro departamento, se lo regalé a la chica que me hospedó en aquél bosque de Noruega y mostraba el paisaje sencillísimo que me acompañó durante las largas noches de invierno en las que me fui para encontrar quien de verdad soy.

Mostraba un lago que semanas antes había estado congelado y que yacía rodeado de verdes lomeríos visto a través de mi enorme ventana, lago sobre el cual se reflejaba la luna y su plateada contemplación. Lo que más me cautivó de la  diaria imagen, no era la callada vida del lejano exterior, sino un ave que todas las noches me visitaba y se postraba hasta el amanecer en el árbol que estaba justo fuera de mi habitación. Le escuchaba durante horas hablar en su lenguaje desconocido, a pesar de que ahora estoy segura de que mi inconsciente siempre le comprendió, pues después de algunos días le reconocí y supe que el ave había salido de mi interior.

Creo que en aquéllos días de ausencia, sentí pesar de no haberte hablado de ella  y de cómo sin falla en las madrugadas venía a visitarme; se asustaba tanto de sentir tus pasos cerca que volaba hacia la nada por la ventana sin que yo pudiera retenerle, pero toda la noche me hablaba… y yo, le escuchaba.

En esa última obra, noté que la falta de costumbre había atrofiado un poco la habilidad de dirigir correctamente el pincel hacía donde quería que se ubicara, pero mientras por última vez te hacía el amor, mi pulso no dudó. Logré atinar la dirección correcta en la que debía colocar desde el hombro hasta la muñeca en precisión maestra, esperando como si escuchara un mantra a que la música se ahogara, arrecié la  velocidad con la que te embestía hasta que te sentí languidecer agotado por los fuertes espasmos en tu interior.  Hasta que tus ojos se volvieron a abrir.

En la lúgubre obscuridad de la sala te costó trabajo distinguir aquello que tenías frente a ti, me imagino que caer en cuenta que lo que sostenía mi mano izquierda era un arma no te permitió articular  palabra.  Con los oídos hartos de espanto, el canto del ave ensordeció en ti el estruendo de la bala.  Aquél inocente pedazo de metal, que emulando mi mirada: de formas ajenas y turbias -si tus ojos no mentían- mi corazón atravesaba.

De repente, me encontré observando la escena desde fuera, noté resbalar por las curvas de mi cara un par de lágrimas y la sangre que nunca comprendiste, fluía fuera de mi pecho en un lento correr hacia la ventana, gota a gota  dirigiéndose a la luz.  No estuviste equivocado al preguntar sí había algo que celebrar, ni  yo al olvidar la razón porqué me había vestido por completo para ti.

…body craved to be touched: by wind and sun… by wind and sun.

3 comentarios

  • Nunca había leído algo tuyo; pero esta introducción a esa parte de tí me ha dejado sorprendido; ¿como decirlo sin parecer exagerado? Sólo te aseguro que muchos adjetivos quedan ahogados en el pecho al tiempo que sólo atino a decirte: ¡Me gusta, gracias!

  • Moldoon dice:

    Esta 3ra parte es mucho menos sensual (sexual) que las anteriores, pero creo que pinta de cuerpo entero (no pun intended) a la mujer que la escribió, en aparencia tan diferente de quien escribió las partes 1 y 2. Me gusta, y la música acompaña a la perfección. Bienvenidos de regreso los escritos desde adentro.

  • Poi dice:

    Me gusta *le aplaude